PRIMERA LÍNEA PONE LAS MANOS AL FUEGO PRIMERA LÍNEA PONE LAS MANOS AL FUEGO
Jamás en nuestra larga vida de país pedigüeño, Bolivia tuvo superávit. Siempre vivimos de fiado, siempre extendimos la mano para pedir caridad. En 180... PRIMERA LÍNEA PONE LAS MANOS AL FUEGO

Jamás en nuestra larga vida de país pedigüeño, Bolivia tuvo superávit. Siempre vivimos de fiado, siempre extendimos la mano para pedir caridad.

En 180 años de vida republicana, se instaló a hierro una cultura de país mendigo. La sociedad boliviana aceptaba como algo natural que los presidentes (cero vergüenza), extiendan las dos manos para pedir prestado y poder llegar a fin de mes.

Por eso Carlos Mesa, no se puso colorado cuando admitió en televisión que tendría que “pedir limosna”, para poder pagar sueldos a médicos, maestros, policías y militares.

Así andábamos, pidiendo prestado, un día aquí otro día allá.

Desde su llegada, expuso con valentía las contradicciones de una sociedad birlocha, que se pinta la cara para disimular el color aindiado de la piel (y si pudiese le metería serrucho a esa nariz pronunciada que la delata que la expone).

Entonces se desató la más feroz guerra de mentiras de la historia del país.

Primero dijeron que habíamos fusilado a un niño de seis años en Chaparina.

Después, el 21 de febrero de 2016, resucitaron a otro pequeño, para ganar un referéndum.

Dijeron que en realidad éramos pobres por flojos, que no nos gustaba trabajar, que en nuestras venas no corría sangre sino alcohol, que dormíamos con nuestras hijas y que idolatrábamos la Tierra que para ellos es el mismísimo demonio.

Volvió a brotar ese odio colonial, feroz.

Porque para ellos nunca fue suficiente matar, además había que causar dolor.

Descuartizar su cuerpo, pero antes cortarle la lengua, obligar a los hijos de la víctima a mirar lo que son capaces de hacer.

Así son ellos.

La embajada de EEUU, jamás se equivoca con sus odios.

Primera Línea pone las manos al fuego humildemente por los hombres y mujeres que, en estos 14 años, nos hicieron creer que era posible torcer este maldito destino de parias, al que nos quieren arrastrar los mesas y murillos.

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