PARA LEER A LA “SÚPER CHOLITA” PARA LEER A LA “SÚPER CHOLITA”
Hace 50 años, el Pato Donald contribuyó al golpe de estado contra Allende. En Bolivia, los medios de comunicación y personajes comics como la... PARA LEER A LA “SÚPER CHOLITA”

Hace 50 años, el Pato Donald contribuyó al golpe de estado contra Allende. En Bolivia, los medios de comunicación y personajes comics como la “La Súper Cholita”, conspiraron contra el gobierno que más hizo por la mujer de indígena. Así operó la resignificación del sentido común en una de las peores batallas culturales de la historia.

Sería absurdo pretender que los medios de comunicación, son apenas actores inocentes que solo cumplen la tarea de transmitir lo que ocurre, y no un complejo sistema, constructor de significantes y realidades, con intereses económicos y políticos definidos.

Hace 50 años, Ariel Dorfman y Armand Mattelart, escribieron un texto que exploró el submundo de los medios de comunicación, la producción industrial de significantes, en el que no hay publicación (incluso infantil), carente de posición ideológica.

Hay una lucha cultural previa para cualquier victoria.

Los factores (y sectores) que confluyeron en el golpe de estado, van desde contratos a sueldo de policías, militares, paramilitares y motoqueros, hasta el trabajo delicado y contundente de los medios de comunicación. Estos últimos, supuestos actores desinteresados e inofensivos, sin embargo, calculadores y fríos, como los policías y militares en la conjura.

Con el mismo tesón, con que en estos días (los medios de comunicación), iniciaron el proceso de convencimiento de la sociedad sobre la inevitabilidad de la segunda vuelta; los operadores mediáticos, se lanzaron a colonizar la subjetividad de una sociedad que creyó democrático y revolucionario dispararse en el pie.

Como en el resto de los países del continente, en Bolivia, los mismos que son dueños de gigantescas cadenas de difusión, son además, dueños de los medios de producción. Poseen el capital económico y simbólico de la sociedad.

Cuando en los debates sobre el génesis del último golpe de estado en Bolivia, se suele hacer referencia a un movimiento denominado “los pititas” (personajes de las clases medias locales), quienes sin embargo, no actuaron solos ni “mal acompañados”.

Por supuesto el golpe no comenzó con el amotinamiento de la policía, cuya responsabilidad es incuestionable, el golpe arrancó mucho antes del 10 de noviembre.

En 14 años, el gobierno de Evo Morales, no pudo desmantelar el sentido común colonial, incrustado a hierro durante 500 años en nuestras sociedades, cómo podría.

Bolivia, país cuya población es mayoritariamente indígena, sin embargo, se autocalifica de “mestiza”, arrojando al tacho de basura cualquier observación fenotípica. En la identificación social de las bolivianas y bolivianos, está una de las principales vetas en que los medios de comunicación encontraron un terreno fértil, para construir el golpe cotidiano contra Evo Morales.

Entre las decenas de contradicciones sociales, políticas y culturales irresueltas, activaron la contradicción étnica. El discurso racista presente en todas las facetas de la historia de Bolivia, se constituyó en el alfil de los contenidos de los grandes y pequeños medios de comunicación, en el eje principal, las rieles del tren por donde viajó desbocada y loca, la locomotora del odio.

Convencieron a un importante porcentaje de obreros, campesinos y artesanos, que se sumaron a los intereses de quienes los explotan, originando una momentánea alianza de clases. El patrón logró convencer al obrero de marchar a su lado, por los intereses del patrón.  Y en muchos casos el obrero asalariado fue más radical e intransigente que el patrón.

Lo curioso es que la producción masiva de material de comunicación, para convertir a Evo morales en un monstruo, abarcó a todos los sectores, incluso a las trabajadoras del hogar.

La imagen del comics que acompaña nuestra nota, es un prodigio del discurso semántico visual, desarrollado por los propiciadores del golpe. Apareció en las redes sociales, durante los días previos al golpe.

En él se puede ver a “un joven”, que tiene en la cabeza un sombrero de la zona oriental del país, que por el color y luminosidad, pretende pasarnos de contrabando una aureola de santidad. La imagen explota elementos cristianos, y pone en manifiesto la participación de la iglesia católica y las iglesias evangélicas en el golpe, y el posterior ingreso “de la biblia a Palacio Quemado”.

Detrás de los dibujos inocentes del comics, se esconden los prejuicios de una importante porción de la sociedad.

Otro de los personajes del comics, es una mujer, la víctima favorita de los golpistas. Los atuendos de la señora son de la zona occidental del país, ella le obsequia una pieza de pan (tanta wawa, pan de la festividad andina de Todos Santos), y le dice: “ánimo joven”.

La señora, que por sus ropas, también podría ser una trabajadora del hogar, está de acuerdo con la marcha del muchacho rubio y pareciera decirle: “ánimo joven ya va caer este indio”, entonces aparece un corazón que pretende significar “te quiero”. El joven representa el arribo a la ciudad de La Paz de cientos de paramilitares financiados por el líder cívico, Fernando Camacho.

Luego está el perrito de la trabajadora del hogar que le saca la lengua al héroe, para que este lo acaricie.

El valiente “joven”, por supuesto tiene la piel clara.

Como hace 50 años, el Pato Donald propició el golpe de estado contra Allende, hoy en Bolivia, los medios de comunicación y “La Súper Cholita”, conspiran contra el gobierno que más hizo por la mujer de pollera y por las trabajadoras del hogar.

La paciente labor semántica del golpe, resignificó la palabra “ignorante”, hasta convertirla en sinónimo de militante del MAS. Así, las clases medias, en lugar de decir “indio, salvaje o ignorante”, dicen “masista” que para ellos, viene a representar lo mismo.

La dictadura no descendió desde un platillo volador, fue una construcción de los medios.

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