LA IGLESIA CATÓLICA DE LOS EMPRESARIOS LA IGLESIA CATÓLICA DE LOS EMPRESARIOS
No abrió la boca para denunciar el golpe de Estado, tampoco se refirió a los masacrados de Sacaba y Senkata. Monseñor Sergio Gualberti, asistió... LA IGLESIA CATÓLICA DE LOS EMPRESARIOS

No abrió la boca para denunciar el golpe de Estado, tampoco se refirió a los masacrados de Sacaba y Senkata. Monseñor Sergio Gualberti, asistió feliz a la mesa de diálogo para legitimar al gobierno de transición. Recientemente convocó a la unidad de los partidos que promovieron el golpe; “para que el voto no se disperse”, dijo.

Sus palabras en las homilías, muestran el rostro político de una iglesia cuyo prestigio es cada vez más cuestionado, dada su parcialización por una parte pequeña y opresora de la sociedad.

La Conferencia Episcopal Boliviana (CEB), adicta a dar lecciones de conducta moral al pueblo, jamás dijo esta boca es mía, cuando las FFAA y la Policía eliminaban a balazo limpio a las “hordas masistas”. Nunca el silencio fue tan solemne como el que mantuvieron los jerarcas de la iglesia, a pesar de que algunos de los cuerpos acribillados fueron a parar a capillas católicas de El Alto.

La existencia de esta institución secular, está empedrada de historias ocultas, de militancias financieras oscuras, de traiciones de toda índole, pero también de actos heroicos. Monseñor Arnulfo Romero, asesinado en El Salvador, o el Padre Luis Espinal, ambos torturados y acribillados por compartir su destino junto a los excluidos y marginados de la tierra; “Los jerarcas de la Iglesia, deben compartir sus bienes con los pobres y si no lo hacen de a buenas, quiera Dios que el pueblo se los quite” decía Lucho.

Frente a estas historias ejemplares de vidas al servicio de los demás, existen otras, al servicio de los poderosos, que cada día necesitan la caricia impostora de la iglesia jerarca que dice que profesa amor por los pobres, mientras permite que se los masacre por su condición de “indios satánicos” o “salvajes”, como suele repetir la presidenta autonombrada, a la que pontificaron en la mesa de negociación para legitimar el golpe.

En agosto de 2019, cuando la campaña electoral ingresaba a su recta final, Sergio Gualberti, en misa solemne se lucia pidiendo a los feligreses, “renovación democrática”. Sostenía que el sueño de Dios exigía que en un momento de “grave decadencia social, económica y religiosa se renovara el signo inicial de un pueblo” que después de muchos años de un mal gobierno estaba sumido en la “confrontación, la injusticia y la pobreza”.

Envuelto en una atmósfera de beatificación, alertaba sobre el “incremento de sistemas populistas, nacionalistas y soberanistas que se disfrazan de demócratas. El autoritarismo y el caudillismo anulan la separación de poderes y concentran toda la autoridad en el dirigente electo” (Santa Cruz, 6 de agosto 2019). Estas palabras que parecen propias de un discurso político, fueron pronunciadas por uno de los representantes de la iglesia más conservadora del país.

Una parte de la Conferencia Episcopal, compuesta por la jerarquía blanca, señorial y procomiteísta, confinó al Cardenal indígena, Toribio Ticona, a las catacumbas.

Los brazos operativos de la iglesia funcionan como soldaditos de tropa, sino pregunten a la Radio Erbol, a Cáritas o a la Fundación Jubileo que se comportaron como verdaderos portaaviones de campaña. Nunca tuvieron tantos recursos económicos ni convicciones delirantes, como en los días previos y posteriores, a las elecciones de octubre del 2019.

En las homilías de Monseñor Sergio Gualberti, hay un sedimento de desprecio por las grandes mayorías, para quienes la cotidianidad es muy parecida a un estado de excepción. Su Dios, es el mismo Dios al que recurre hoy el régimen criollo, para saciar su apetito voraz de poder.

Su homilía del domingo 26 de enero 2020, estuvo dirigida a implorar a los sectores golpistas, a unirse en un frente común: “Lo que tiene que primar, es la unidad alrededor de programas comunes, evitando la dispersión y el peligro de recaer en sistemas autoritarios” pidió a gritos en la Catedral de Santa Cruz.

Oportuno consejo de la iglesia católica, en medio de una galopante epidemia de dengue en Santa Cruz, que ante la ineptitud gubernamental, ya se cobró la vida de más de una decena de personas.

Al parecer, “la santa iglesia política” no se conmueve con las muertes del populacho tanto como con la probable derrota de la casta privilegiada y de sus aliados perennemente bendecidos.

 

 

 

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