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Desde el inicio de la república, los políticos han utilizado la mentira para perpetuarse en el poder, escribieron decenas de libros para justificar su incapacidad en la pérdida del Litoral, el Acre y el Chaco. El candidato “ciudadano”, apela a una vieja fórmula de la oligarquía boliviana, mentir mirando sin pestañear a las cámaras de la tele.

El viernes 5 de julio, a su arribo a la capital del país, Carlos de Mesa, se refirió a la demanda de los chuquisaqueños por el tema del megacampo gasífero de Incahuasi, señalando “la necesidad de nuevos estudios técnicos sobre el tema”.

El sábado 6 de julio, ya en Santa Cruz, dijo lo contrario, sumamente enojado y tratando de “tarados” a quienes le recordaban el hecho y exigían una aclaración.

“Olvidó” que había vendido un departamento a un grupo de narcotraficantes, luego culpó a sus padres (ya fallecidos) y al gobierno.

Maestro en la creación de “golpes de efecto”, queriendo ser un ejemplo de honestidad y trasparencia, delante de decenas de periodistas, se despojó del secreto bancario. Pero “olvidó” que tenía una cuenta de varios millones de dólares en un banco de España. (Banco Bilbao Vizcaya Argentaria BBVA). Entonces volvió a culpar al gobierno.

Desesperado por resguardar su imagen de político honorable, prometió transparencia absoluta, pero aún no sabe explicar de dónde sacó diez millones de dólares para financiar su campaña. Su exvocero había afirmado que juntaron la plata, haciendo “rifas y kermeses”.

Utilizando la misma técnica que Donald Trump, inventa mentiras. Si le salen bien las capitaliza y se jacta de su “extraordinaria inteligencia”. Si le salen mal, grita que el gobierno lo ha manipulado y que hay una guerra en su contra.

Mientras tanto, “el niño mimado” de los medios de comunicación, camina por la vida despreocupado, como es propio de su clase social, no tendrá que rendir cuentas a nadie por haber quemado los documentos de veinte años de la partida Gastos Reservados o por haber facilitado la entrega de los misiles bolivianos a EEUU.

 

 

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